Desde que la imaginación del autor se convierte en palabra hasta que esas imágenes llegan a ser asimiladas por el lector hay un proceso largo y desconocido. Proceso que se complica si escritor y lector no comparten la misma lengua. Pocas veces nos paramos a pensar que cada frase tuvo que ser traducida, y en muchos casos reinterpretada, sin tener en cuenta que muchas palabras y expresiones son intraducibles.
En un libro ya difícil de por sí como Ulises, encontramos muchos ejemplos de lo mediatizado que puede llegar a nosotros el mensaje de Joyce.
De las tres traducciones al español que existen de este libro cogeremos como referencia la más reciente de Francisco García Tortosa y Maria Luisa Venegas Lagüéns. En las notas sobre la edición se nos explica claramente que la cosa no es nada fácil, partiendo del problema de base de las numerosísimas ediciones de la obra en inglés, desde la primera de 1922 por Shakespeare and Company. Muchas de ellas polémicas precisamente por la interpretación que se hace del original. Se opta entonces por una solución más bien imparcial en forma de "variorum" de las cinco ediciones en inglés más significativas y todas diferentes. Superado el primer obstáculo, la traducción requiere un esfuerzo importante de un equipo que, como se especifica en dichas notas, lo forman decenas de colaboradores.
¿Dónde habrá quedado en este tortuoso camino cada idea, la crudeza del lenguaje, la explicitud de las descripciones y el vocabulario indecoroso de la gran novela proteica que causó tal escándalo en su época y que todavía hoy sigue asustando?
Y para prueba un botón. Esta es la traducción del texto que hace la edición española antes mencionada de un fragmento del capítulo número dos, Néstor.
- Usted, Armstrong, dijo Stephen. ¿Cómo terminó Pirro?
- ¿Cómo terminó Pirro, señor?......
- Usted, Armstrong. ¿Sabe algo sobre Pirro?...
- ¿Pirro, señor? Pirro, pirrarse.Todos rieron......- Dígame, dijo Stephen, dándole al niño en el hombro con el libro ¿Qué es eso de pirrarse?- Pirrarse, señor, dijo Armstrong. Gustarte algo mucho. Me pirro por el espigón de Kingston, señor.
- You, Armstrong, Stephen said. ¿What was the end of Pyrrhus?
- End of Pyrrhus, sir?...
- You, Armstrong. Do you know anything about Pyrrhus?
- Pirrhus, sir? Pirruhs a pier.All laughed
- Tell me now, Stephen said, poking the boys' shoulder with the book, what is a pier?
- A pier, sir, Armstrong said. A thing out in the waves. A kind of bridge. Kingston pier, sir.
Si hacemos una traducción literal este sería el resultado:
- Usted, Armstrong, dijo Stephen. ¿Cómo terminó Pirro?
- ¿Cómo terminó Pirro, señor?...
- Usted, Armstrong. ¿Sabe algo sobre Pirro?- ¿Pirro, señor? Un espigón.Todos rieron...
- Dígame, dijo Stephen, dándole al niño en el hombro con el libro ¿Qué es un espigón?
- Un espigón, señor, dijo Armstrong. Una cosa que sale hacia las olas, una especie de puente, el puente de Kingston.
Ante este insólito juego de palabras, resultado de la semejanza fonética en inglés de la palabra Pirro (Pirrhus), referida al rey, y la palabra Pier que significa espigón, nos preguntamos el por qué de esta interpretación tan libre. Cuál es el criterio para hacer cambios hasta ese punto, cuando no está en juego la comprensión de algo importante que de otro modo se nos escapara. Por qué interpretar y no simplemente traducir. ¿Hasta dónde llega la libertad del traductor?