sábado, 7 de noviembre de 2009

Celda 211



































En la “gran novela negra” los hechos sólo son puntos de partida a situaciones límite que muchas veces rozan la franja de lo creíble para enfrentar a las personas con sus temores más ocultos. Al mismo tiempo, el desarrollo de la narración causará un profundo cambio en la vida de los personajes, planteando e intentando dar respuesta a una serie de cuestiones morales, sociales o psicológicas. No importa que muchos de esos hechos puedan ser creíbles o no, ya que el concepto de realidad es otro al igual que en la novela de ciencia ficción con la que tiene mucho en común.
Celda 211 tiene mucho de “gran novela negra” y mucho más de reflexión sobre temas sociales y filosóficos. Para empezar, la cárcel donde se desarrolla la trama, contra todo tópico, es un mundo en el que se diluye la línea que separa a buenos y malos. El héroe protagonista acaba siendo el más cruel y convencido asesino mientras que su alter ego Malamadre resulta ser el más razonable y dialogante, además del mejor parado de la historia. El poder que sustenta el sistema también se columpia entre el bien y el mal según sus intereses políticos o personales. Los policías y funcionarios son personajes corruptos que no dudan en manchar sus manos de sangre para salvar su prestigio, mientras que a los presos se les escapan buenos sentimientos y valores positivos como la lealtad, el honor y la amistad. Se trata de demostrar que el bien y el mal se reparten a partes iguales en cada uno de nosotros esperando la circunstancia o el momento para dejar inclinar la balanza a un lado u otro.
De todas estas cuestiones de fondo, el azar y su influencia es determinante desde el inicio de la novela. Una decisión, en principio intrascendente, como es acudir un día antes al trabajo como funcionario de prisiones se convierte en una especie de efecto mariposa de consecuencias irreparables en la vida de Juan Oliver. Lo que comienza por ser una necesidad de sobrevivir, termina por ser una transformación total de su personalidad.
El determinismo de la vida está latente en la novela desde que en la pagina 15 el autor reflexiona a través de las palabras de la madre de Juan sobre la capacidad de decidir nuestro futuro. La recuerda aconsejándole no convertirse jamás en rehén del destino. A medida que avanzamos en la lectura, esta afirmación se vuelve dudosa ante la incapacidad de controlar la situación cuando las circunstancias son más fuertes que nuestra voluntad o principios y el final del libro deja claro que poco podemos hacer sobre lo que ya está escrito del nacimiento a la muerte, expuestos como estamos al “albur del destino”.
“¿Por qué no fue así, mi amor?” se pregunta Juan Oliver. No sabemos si ya conoce la respuesta que con el mayor de los pesimismos y determinismos posibles ya resolvió Philip Roth en Pastoral Americana: “Esa es la única pregunta que no tiene respuesta”.
El espectro es muy amplio. Hay muchos temas interesantes que trascienden la novela y que recorren la España de finales de XX: el terrorismo, el poder de los medios de comunicación, el abandono del campo, la droga que asoló a la juventud de los 80, la vida condenada de los que nacen en los barrios marginales de nuestras ciudades y en especial la mujer y su situación actual. La mujer de Juan se convierte en protagonista, en un referente con el que comparar la situación del resto de las mujeres que aparecen en el libro, como la madre del Tachuela o las novias de los presos. Representa un ideal de mujer actual, fuerte, luchadora, desinhibida y fiel; la compañera perfecta, la otra mitad de una pareja en la que los dos componentes están al mismo nivel.
Formalmente, la novela está muy bien escrita con varios puntos de vista a partir de los distintos personajes que hablan en primera persona, sin saber muy bien a quien se dirigen, en un juego interesante entre autor y lector. La narración no sigue un orden en la manera de exponer las ideas o hechos que se cuentan sino que estos se suceden de forma desordenada y arbitraria tal como fluye en realidad el pensamiento, algo que ya hiciera hace mucho tiempo Joyce revolucionando la literatura. Pérez Gandul consigue que la atención no decaiga en ningún momento con unos giros en la narración en intensidad creciente que nos permiten seguir la historia atentamente hasta un final que nunca podríamos esperar, pero que era el único posible.